27-04-15
El final fue estar echado en una cama estrecha, parecida a las camas que había en el viejo departamento de B. El cuarto era más o menos igual en proporciones, también, pero más parecido a un estudio, no sé si de arquitectura pero quizás sí de planeamiento o desarrollo urbano, con toneladas de libros angostos ordenados en serie que recordaban a las enciclopedias por fascículos que vienen con las revistas. Aparentemente estaban o estábamos documentando(nos) sobre la construcción o reconstrucción de mundos completos. Yo estaba tirado con una chica, rubia y de pocas palabras, en la cama estrecha, como si tuviéramos esa relación desde hace tiempo ya, aunque tengo la sensación de que en el contacto físico consumábamos algo que hasta el momento había sido distancia y me daba vueltas en la cabeza lo que pensaría su papá. Vestíamos ropa liviana de invierno y estábamos en medias. Hablábamos del material de investigación recolectado y del "noveno mundo". Alguien trabajaba en un escritorio cercano, mientras tanto, creo que el padre de ella: un viejo arquitecto de cabeza chiquita y semipelada con lentes. Era como una pequeña pausa en el trabajo largo y agotador de días atrás (soñé mucho antes, pero sólo recuerdo el remate) que quizás desembocara en mucho tiempo de trabajo más, pero esta pausa jugaba con la posibilidad de que todo terminase en ese momento o que el tiempo simplemente se detuviese para siempre. No sé si íbamos a seguir con el proyecto. Tuve, entonces, la visión de algo afuera, que quizás fuera la vista de la ventana que estaba a mis espaldas. Un paisaje semiurbano de algún desagüe monumental de varios canales o un estanque espejado artificial que reflejaba el sol del atardecer y los colores del campo (muy pampeano) que había más allá. La ambición del proyecto (¿íbamos a construir o reconstruir un mundo entero?) era como la multiplicación de un trabajo de Amancio Williams.
sábado, 5 de marzo de 2016
jueves, 31 de diciembre de 2015
"El cerebro musical", cuentos de César Aira
Por Patti Smith
Una niña corre vertiginosamente de mesa en mesa en un café atestado, recibiendo objetos hechos de servilletas de papel, confeccionados por los clientes para su diversión. Todos están amorosamente ideados y son imposiblemente elaborados: un avión, un ramo de flores, un diorama, un canguro de cola móvil, el museo Guggenheim de Bilbao, un payaso hecho de "papel tan frágil que una mirada podría quebrarlo". Conforme cada fantasía se deshace en sus pequeñas y ansiosas manos, es descartada en favor de la siguiente. El aura creativa concentrada en torno a los clientes sirve como mero telón de fondo para su enérgico compromiso con un momento que continúa transformándose en el siguiente.
Este cuento, "En el café", aparece en la nueva colección del escritor argentino César Aira, "El cerebro musical y otros cuentos", y ofrece un ejemplo juguetón de la conexión de Aira con la forma de operar de un inocente. Se aventura en un café y baja sus observaciones al papel; luego lo descarta rápidamente. Él es al mismo tiempo el cliente fabricando delicadezas y la niña moviéndose atrás y adelante en la corriente que llama “presente perpetuo”. "La absorción inmediata de la realidad, por la que místicos y poetas luchan en vano, es lo que los niños hacen todos los días", escribe Aira en su primer cuento, y es una habilidad que él mismo posee. "Puedo seguir inventando indefinidamente," ha dicho, abrazando lo incomprensible con un deleite tan compasivo que empieza a comprenderse a sí mismo.
El ojo cubista de Aira mira desde todos los ángulos. Una y otra vez en estos cuentos encara el clásico desafío matemático conocido como "problema del plegado de papel", que sugiere que un pedazo de papel puede doblarse a la mitad solo nueve veces. Sin dejarse sujetar por los límites prácticos de esta secuencia, Aira ve otra posibilidad algebraica. En "Picasso", un cuento al estilo O. Henry, no sólo pinta el cuadro de quién era Picasso y cuál es su lugar en la historia del arte, sino que también ofrece una majestuosamente perceptiva descripción de una pieza imaginaria: "La reina, compuesta por muchos planos que se intersecan, parecía haber sido extraída de un paquete de cartas plegadas cien veces, refutando la verdad probada de que nueve es la cantidad máxima de veces que un pedazo de papel puede doblarse al medio".
Los cuentos en "El cerebro musical" exhiben la narración continua de la mente improvisadora de Aira. Sus personajes -sean rufianes de cómic, simios, partículas subatómicas o una versión de su yo-niño- entran en un cambiante paisaje azulejado de eventos que trastornan nuestra existencia temporal y la hacen, en el despliegue, fantasmagórica y, a la vez, aparentemente cotidiana. Su aproximación de-facto, naturalizando incluso los más extravagantes episodios, anula la incredulidad y envalentona el sentido del desplazamiento, de la liberación del lugar común.
Aira ha perseguido esta manipulación de lo ordinario hacia lo extraordinario a través de, por lo menos, 80 libros pequeños, de los cuales solo una fracción ha sido traducida. Llegué a él a través de Roberto Bolaño, uno de sus defensores, y fui rápidamente seducida por tres novelas en particular: "Un episodio en la vida del pintor viajero", "La villa"; y "La costurera y el viento", que tiene lugar en Coronel Pringles, Argentina, ciudad natal de Aira. Dice que “había venido de un lugar llamado Pringles, donde resuena música divertida y nunca pasa nada, excepto todo”.
La primera línea de esta colección nos conduce de manera confiada hacia el maravillosamente fracturado mundo de Aira: "De niño, en Pringles, iba mucho al cine". Y así entramos a una sala con múltiples pantallas proyectando otras pantallas plegando el tiempo, desenredando la memoria geométrica y exponiendo los juegos secretos de la niñez.
Nadie apila la histeria como Aira, trepando desde el evento más banal hasta una verdadera estampida humana. En el cuento del título, que también ocurre en Pringles, un paseo casual luego de una cena familiar da un giro inesperado, transformándose en un bizarro mundo paralelo. Hay un circo fellinesco; enanos gemelos en trajes negros hallados muertos; un antiguo librero con una colmena y la cara espolvoreada de rosa; una crisálida asesina que pone huevos y siembra brotes. Todo sin mencionar el propio Cerebro Musical, que intermitentemente emite sonido para unos pocos, como las señales de una estrella agonizante.
En "El té de Dios", una partícula subatómica se cuela accidentalmente dentro de un pródigo ritual de cumpleaños presidido por simios frenéticos. Involuntariamente, esto desequilibra el universo, intensificando el comportamiento de los simios y poniendo momentáneamente nervioso al propio Dios. El cambio infinitesimal deriva en un nuevo nivel de caos, como si un niño hubiera alterado un factor en la ecuación de un físico. Acá y en todos lados, Aira es tanto el físico como el niño, el ser que tiene la audacia para emerger y el poder de disiparse.
Belleza y verdad oscura fluyen a través de su trabajo. Hay cuentos políticos, como el escalofriante "Actos de caridad", metáfora de las instituciones religiosas adineradas: a través del tiempo, una sucesión de sacerdotes usan fondos destinados a los pobres para construir y mantener el llamado "monumento a la caridad" y sus lujosos jardines, priorizando la grandiosidad estética sobre las necesidades del rebaño. También hay historias sobre el proceso artístico: el tristemente elocuente "Cecil Taylor", por ejemplo, pone voz al persistente verismo del gran innovador del jazz, yuxtapuesto con la sublimidad de sus fracasos, mientras trata de comunicar un lenguaje que aún no ha sido escrito. Taylor, pianista hiperarmónico, inquieto de un modo que Aira entiende, buscó plegar el teclado más de nueve veces.
Una vez encontré a Aira en una conferencia de escritores en Dinamarca. Estaba tan entusiasmada ante su presencia que lo seguí como un San Bernardo, pero una vez que le di alcance todo lo que pude decir fue -canalizando mi Chris Farley interior- que pensaba que él era increíble. Luego le dije que "Un episodio en la vida de un pintor viajero" era una obra maestra. Él pareció sobresaltado, sino perplejo, e insistió en que no era más que una pequeña historia. La discusión, brutalmente pasiva, nos quedó corta, y entonces empezó a llover. Pero confíen en mí: "El pintor viajero" es una obra maestra ¿Qué sabe Aira? Es sólo un escritor.
Normalmente no leo cuentos. Me ponen triste, porque los personajes vienen y van muy rápido y quizás no los volvamos a ver. Pero los cuentos de Aira parecen fragmentos de un universo interconectado en continua expansión. Puebla el vacío con visiones multitudinarias, como pinturas indias de dioses vomitando dioses. Ejecuta la digresión con una lucidez muscular. Por momentos he tenido que acelerar y reducir la velocidad simultáneamente para poder seguirlo, pero una vez que hube alcanzado su ritmo, sus pensamientos me parecieron más una piedra haciendo patito a través de la página, expresando algo que estuve pensando en mi fuero interno pero fui incapaz de poner en palabras. En esto, encuentra su traductor perfecto en Chris Andrews, quien salto a salto logra imitar sin problemas las sensibilidades caleidoscópicas de Aira; un par simbiótico.
César Aira una vez confesó su cariño por el personaje de cómic Pequeña Lulu, lo que para mí tiene perfecto sentido. Ella era la Scheherazade de las páginas de historieta, hilando cuentos para sus pequeños amigos, sentados y absortos a sus pies ¡Ave César! Solo puedo maravillarme ante la cantidad de hilo que devana con la meta de contar cuentos que sean suyos propios, desde la fábula política a la elaboradamente intrincada broma filosófica.
Texto original
Una niña corre vertiginosamente de mesa en mesa en un café atestado, recibiendo objetos hechos de servilletas de papel, confeccionados por los clientes para su diversión. Todos están amorosamente ideados y son imposiblemente elaborados: un avión, un ramo de flores, un diorama, un canguro de cola móvil, el museo Guggenheim de Bilbao, un payaso hecho de "papel tan frágil que una mirada podría quebrarlo". Conforme cada fantasía se deshace en sus pequeñas y ansiosas manos, es descartada en favor de la siguiente. El aura creativa concentrada en torno a los clientes sirve como mero telón de fondo para su enérgico compromiso con un momento que continúa transformándose en el siguiente.
Este cuento, "En el café", aparece en la nueva colección del escritor argentino César Aira, "El cerebro musical y otros cuentos", y ofrece un ejemplo juguetón de la conexión de Aira con la forma de operar de un inocente. Se aventura en un café y baja sus observaciones al papel; luego lo descarta rápidamente. Él es al mismo tiempo el cliente fabricando delicadezas y la niña moviéndose atrás y adelante en la corriente que llama “presente perpetuo”. "La absorción inmediata de la realidad, por la que místicos y poetas luchan en vano, es lo que los niños hacen todos los días", escribe Aira en su primer cuento, y es una habilidad que él mismo posee. "Puedo seguir inventando indefinidamente," ha dicho, abrazando lo incomprensible con un deleite tan compasivo que empieza a comprenderse a sí mismo.
El ojo cubista de Aira mira desde todos los ángulos. Una y otra vez en estos cuentos encara el clásico desafío matemático conocido como "problema del plegado de papel", que sugiere que un pedazo de papel puede doblarse a la mitad solo nueve veces. Sin dejarse sujetar por los límites prácticos de esta secuencia, Aira ve otra posibilidad algebraica. En "Picasso", un cuento al estilo O. Henry, no sólo pinta el cuadro de quién era Picasso y cuál es su lugar en la historia del arte, sino que también ofrece una majestuosamente perceptiva descripción de una pieza imaginaria: "La reina, compuesta por muchos planos que se intersecan, parecía haber sido extraída de un paquete de cartas plegadas cien veces, refutando la verdad probada de que nueve es la cantidad máxima de veces que un pedazo de papel puede doblarse al medio".
Los cuentos en "El cerebro musical" exhiben la narración continua de la mente improvisadora de Aira. Sus personajes -sean rufianes de cómic, simios, partículas subatómicas o una versión de su yo-niño- entran en un cambiante paisaje azulejado de eventos que trastornan nuestra existencia temporal y la hacen, en el despliegue, fantasmagórica y, a la vez, aparentemente cotidiana. Su aproximación de-facto, naturalizando incluso los más extravagantes episodios, anula la incredulidad y envalentona el sentido del desplazamiento, de la liberación del lugar común.
Aira ha perseguido esta manipulación de lo ordinario hacia lo extraordinario a través de, por lo menos, 80 libros pequeños, de los cuales solo una fracción ha sido traducida. Llegué a él a través de Roberto Bolaño, uno de sus defensores, y fui rápidamente seducida por tres novelas en particular: "Un episodio en la vida del pintor viajero", "La villa"; y "La costurera y el viento", que tiene lugar en Coronel Pringles, Argentina, ciudad natal de Aira. Dice que “había venido de un lugar llamado Pringles, donde resuena música divertida y nunca pasa nada, excepto todo”.
La primera línea de esta colección nos conduce de manera confiada hacia el maravillosamente fracturado mundo de Aira: "De niño, en Pringles, iba mucho al cine". Y así entramos a una sala con múltiples pantallas proyectando otras pantallas plegando el tiempo, desenredando la memoria geométrica y exponiendo los juegos secretos de la niñez.
Nadie apila la histeria como Aira, trepando desde el evento más banal hasta una verdadera estampida humana. En el cuento del título, que también ocurre en Pringles, un paseo casual luego de una cena familiar da un giro inesperado, transformándose en un bizarro mundo paralelo. Hay un circo fellinesco; enanos gemelos en trajes negros hallados muertos; un antiguo librero con una colmena y la cara espolvoreada de rosa; una crisálida asesina que pone huevos y siembra brotes. Todo sin mencionar el propio Cerebro Musical, que intermitentemente emite sonido para unos pocos, como las señales de una estrella agonizante.
En "El té de Dios", una partícula subatómica se cuela accidentalmente dentro de un pródigo ritual de cumpleaños presidido por simios frenéticos. Involuntariamente, esto desequilibra el universo, intensificando el comportamiento de los simios y poniendo momentáneamente nervioso al propio Dios. El cambio infinitesimal deriva en un nuevo nivel de caos, como si un niño hubiera alterado un factor en la ecuación de un físico. Acá y en todos lados, Aira es tanto el físico como el niño, el ser que tiene la audacia para emerger y el poder de disiparse.
Belleza y verdad oscura fluyen a través de su trabajo. Hay cuentos políticos, como el escalofriante "Actos de caridad", metáfora de las instituciones religiosas adineradas: a través del tiempo, una sucesión de sacerdotes usan fondos destinados a los pobres para construir y mantener el llamado "monumento a la caridad" y sus lujosos jardines, priorizando la grandiosidad estética sobre las necesidades del rebaño. También hay historias sobre el proceso artístico: el tristemente elocuente "Cecil Taylor", por ejemplo, pone voz al persistente verismo del gran innovador del jazz, yuxtapuesto con la sublimidad de sus fracasos, mientras trata de comunicar un lenguaje que aún no ha sido escrito. Taylor, pianista hiperarmónico, inquieto de un modo que Aira entiende, buscó plegar el teclado más de nueve veces.
Una vez encontré a Aira en una conferencia de escritores en Dinamarca. Estaba tan entusiasmada ante su presencia que lo seguí como un San Bernardo, pero una vez que le di alcance todo lo que pude decir fue -canalizando mi Chris Farley interior- que pensaba que él era increíble. Luego le dije que "Un episodio en la vida de un pintor viajero" era una obra maestra. Él pareció sobresaltado, sino perplejo, e insistió en que no era más que una pequeña historia. La discusión, brutalmente pasiva, nos quedó corta, y entonces empezó a llover. Pero confíen en mí: "El pintor viajero" es una obra maestra ¿Qué sabe Aira? Es sólo un escritor.
Normalmente no leo cuentos. Me ponen triste, porque los personajes vienen y van muy rápido y quizás no los volvamos a ver. Pero los cuentos de Aira parecen fragmentos de un universo interconectado en continua expansión. Puebla el vacío con visiones multitudinarias, como pinturas indias de dioses vomitando dioses. Ejecuta la digresión con una lucidez muscular. Por momentos he tenido que acelerar y reducir la velocidad simultáneamente para poder seguirlo, pero una vez que hube alcanzado su ritmo, sus pensamientos me parecieron más una piedra haciendo patito a través de la página, expresando algo que estuve pensando en mi fuero interno pero fui incapaz de poner en palabras. En esto, encuentra su traductor perfecto en Chris Andrews, quien salto a salto logra imitar sin problemas las sensibilidades caleidoscópicas de Aira; un par simbiótico.
César Aira una vez confesó su cariño por el personaje de cómic Pequeña Lulu, lo que para mí tiene perfecto sentido. Ella era la Scheherazade de las páginas de historieta, hilando cuentos para sus pequeños amigos, sentados y absortos a sus pies ¡Ave César! Solo puedo maravillarme ante la cantidad de hilo que devana con la meta de contar cuentos que sean suyos propios, desde la fábula política a la elaboradamente intrincada broma filosófica.
Texto original
miércoles, 9 de diciembre de 2015
Fotosensibilidad
It's all an empire long beheaded.
Zach Condon
Zach Condon
Si el sol cae fuerte sobre Buenos Aires y vos estás en uno de esos viajes fugaces de mitad del año, tenés la ventaja de hacer lo que pocos porteños harían: cubrir grandes distancias a pata, mirando para arriba y tomando algo de naranja de una botellita de plástico. El tramo es de Retiro hasta la Facultad de Derecho: Ramos Mejía, Libertador, Figueroa Alcorta. Obviamente termino muriéndome de calor, pero cuando empiezo a sentirlo aminoro la marcha. Como es tempranísimo, paso de largo frente a la facultad hasta que encuentro una estación de servicio y compro algo para comer. Papas es lo mejor que consigo. Odio las papas porque cuando terminás de comerlas te dejan un guante de grasa en la mano, pero, dada mi condición, es a lo que tengo que atenerme. Raciono la bebida, me llevo las papas hasta la Plaza Naciones Unidas y me tiro un rato a la sombra de la flor. No hay una sola nube. A pesar de eso, la Generica sigue lanzando su mensaje de Arecibo a ver si alguien que esté de pasada por el sistema solar le contesta con un tetris igualmente críptico. De alguna manera tenemos la idea prefijada de que las antenas trabajan solo de noche, pero es una idea romántica creada por la cultura pop y los wallpapers en alta resolución, porque hay pocos seres tan ocupados como las antenas. La flor esta en realidad no sirve para nada, menos para jugar al tetris espacial, pero sus aperturas y cierres sí están en sintonía con cierto ciclo cósmico. Por el momento, como yo, hace la fotosíntesis con la cara vuelta al cielo despejado.
Cuando el pavimento empieza a arder, la Facultad de Derecho es una roca de Ayers donde buscar sombra. La escalinata y las columnas del frente se llenan de musgo humano. Yo soy musgo humano, en tal caso, y me echo a leer un rato hasta que salga P. Alterno entre diferentes puntos y ninguno me es totalmente cómodo: la escalera, un farol, una estatua; el problema claramente es mi espalda. Para hacer tiempo, opto por entrar y recorrer el edificio, que no había visitado antes. La impresión de la roca de Ayers no se disipa una vez que atravesás las puertas: todo dentro es tan macizo y contundente como lo es por fuera. En el hall hay una exhibición de arte surtida pero mayormente espantosa. El resto del edificio simplemente repite sus formas y espacios (pasillos anchos, salones, ascensores, escaleras, la planta es regular) y por momentos es tan cerrado que parece una cueva de topos, una ciudad subterránea, idea reforzada por el frío de los muros interiores y los kioscos y cajeros automáticos instalados en lugares donde no llega la luz del día. Me asomo en algunos salones y veo estudiantes dopados en aulas estrechas e imagino que P debe estar en algún lado cagándole la clase a alguien. Hasta ahí llega mi amor y mi curiosidad y salgo de nuevo a la escalinata frontal en busca de aire limpio.
Con los días lindos vuelve mi ánimo pop. De mediados de noviembre en adelante cuando los mediodías se vuelven claros y despejados, el humor trepa al cielo por esa mera razón y busco en las carpetas de música cosas en mayores, con vientos, piano y sintes optimistas, trovadores de calle, neobohemios europeos y falsos gitanos yankis. Los colores de capital, que son muchos, responden de la misma manera y se expanden como lagartos al sol. Sobre todo el verde de las plazas, el violeta de los jacarandás y el rojo para llevar del polvo de ladrillo. Por Figueroa Alcorta pasan literales cardúmenes de bondis con una frecuencia que es la envidia del marplatense medio. Frenan y arrancan de una forma que no tarda en volverse patrón y después coreografía. Del otro lado, desde la plaza del Museo de Bellas Artes, viene caminando un contingente de estudiantes de abogacía, por gracia de algún corte de semáforo. Sus diferentes ritmos los alargan y esparcen sobre la vereda, pero cuando agarran el puente peatonal que cruza para este lado se reagrupan y marchan como muñequitos al compás de la música que suena en mi cabeza. Lo más parecido a comerme un tacho de colorante y descubrir que tiene buen sabor.
Noviembre 2013
jueves, 2 de julio de 2015
Tres sueños inofensivos
29-04-13
En algún momento, en un departamento de B grande y con reminiscencias de una mansión antigua, se nos acababan los bizcochos. Yo me iba caminando tranquilo (pensando en algo de Steven Wilson y teniendo presentes indicaciones de L) por el centro de noche. La ciudad estaba medio muerta y yo encontraba una YPF de las viejas y feas. Entraba y le pedía a una empleada morocha, con gorra y envuelta en un polar azul que me quitara las cajas de delante de la mercadería que quería ver que tenía. Terminaba comprando unos bizcochos tipo 9 de oro y alguna cosa más. Supongo que no serían para mí (más allá de que los veía como una necesidad tenía la sensación de que estaba haciendo algo mal). Mientras la chica tomaba mi pedido y me alcanzaba las cosas entraban a la estación un tipo con problemas que parecía ser cliente habitual y otro que tendría unos cuarenta y largos que no veía bien y preguntaba dónde podía conseguir Off. Yo le mostraba e igual tardaba un montón en agarrarlo. Después me agradecía.
29-03-14
Podía ser el observador invisible o bien estar tirado junto a unos conejos en ese lecho de flores rojo-anaranjadas que quizás eran amapolas. Parecía un campo de gran extensión, aunque no podría confirmarlo, porque me encontraba casi hundido entre la hierba y las flores. El cielo era celeste pálido y los conejos eran negros. Aparentaban estar muy preocupados por algo. Con los ojos rayando el miedo y las orejas bajas, miraban a un elefante pardo sorber con su trompa algo que había debajo del lecho de flores. El elefante sorbía con mucha paciencia, como si no compartiera el miedo de los conejos o solo estuviera ahí haciendo su trabajo. En cierto momento dejó de sorber y se fue caminando tranquilamente a través del campo. Fue entonces cuando los conejos se aterraron. Los ojos se les desencajaron y empezaron a mover los hocicos frenéticamente, a mirar hacia los costados y hacia el cielo, torciendo los cuellos en contorsiones raras, como si algo terrible estuviese a punto de pasar.
05-05-15
La versión sombría de La Perla, la misma con la que soñé otras veces, creo. Era de noche. Escapaba por lo que debería ser Salta en dirección a la costa, es decir, en el sentido contrario a la mano. Algo pasaba del lado del centro, pero no sé qué era. Había luces que venían de varias casas y se percibía agitación. El cielo estallaba y empezaban a llover fragmentos herrumbrosos de tamaños muy variados, desde esquirlas hasta pedazos más grandes que una persona. La cantidad de fragmentos que llovían era increíble, copiosa como las escenas de Gravity en que la basura espacial destroza el satélite. Era la Estatua de la Libertad (positive) que se hacía pedazos, pero sus fragmentos eran color cobre. No sé cómo sobrevivía a la lluvia. Miraba a la calle y veía como todo rebotaba en el suelo pero en vez de picar se transformaba en especie de figuras picudas, como cortes de cordilleras en movimiento, como gráficos de doble eje rellenos, en fin, algo inexplicable y dinámico, que, pese a ser un objeto sólido no dejaba de moverse en ningún momento y reproducía el ritmo de los fragmentos golpeando contra el suelo.
En algún momento, en un departamento de B grande y con reminiscencias de una mansión antigua, se nos acababan los bizcochos. Yo me iba caminando tranquilo (pensando en algo de Steven Wilson y teniendo presentes indicaciones de L) por el centro de noche. La ciudad estaba medio muerta y yo encontraba una YPF de las viejas y feas. Entraba y le pedía a una empleada morocha, con gorra y envuelta en un polar azul que me quitara las cajas de delante de la mercadería que quería ver que tenía. Terminaba comprando unos bizcochos tipo 9 de oro y alguna cosa más. Supongo que no serían para mí (más allá de que los veía como una necesidad tenía la sensación de que estaba haciendo algo mal). Mientras la chica tomaba mi pedido y me alcanzaba las cosas entraban a la estación un tipo con problemas que parecía ser cliente habitual y otro que tendría unos cuarenta y largos que no veía bien y preguntaba dónde podía conseguir Off. Yo le mostraba e igual tardaba un montón en agarrarlo. Después me agradecía.
29-03-14
Podía ser el observador invisible o bien estar tirado junto a unos conejos en ese lecho de flores rojo-anaranjadas que quizás eran amapolas. Parecía un campo de gran extensión, aunque no podría confirmarlo, porque me encontraba casi hundido entre la hierba y las flores. El cielo era celeste pálido y los conejos eran negros. Aparentaban estar muy preocupados por algo. Con los ojos rayando el miedo y las orejas bajas, miraban a un elefante pardo sorber con su trompa algo que había debajo del lecho de flores. El elefante sorbía con mucha paciencia, como si no compartiera el miedo de los conejos o solo estuviera ahí haciendo su trabajo. En cierto momento dejó de sorber y se fue caminando tranquilamente a través del campo. Fue entonces cuando los conejos se aterraron. Los ojos se les desencajaron y empezaron a mover los hocicos frenéticamente, a mirar hacia los costados y hacia el cielo, torciendo los cuellos en contorsiones raras, como si algo terrible estuviese a punto de pasar.
05-05-15
La versión sombría de La Perla, la misma con la que soñé otras veces, creo. Era de noche. Escapaba por lo que debería ser Salta en dirección a la costa, es decir, en el sentido contrario a la mano. Algo pasaba del lado del centro, pero no sé qué era. Había luces que venían de varias casas y se percibía agitación. El cielo estallaba y empezaban a llover fragmentos herrumbrosos de tamaños muy variados, desde esquirlas hasta pedazos más grandes que una persona. La cantidad de fragmentos que llovían era increíble, copiosa como las escenas de Gravity en que la basura espacial destroza el satélite. Era la Estatua de la Libertad (positive) que se hacía pedazos, pero sus fragmentos eran color cobre. No sé cómo sobrevivía a la lluvia. Miraba a la calle y veía como todo rebotaba en el suelo pero en vez de picar se transformaba en especie de figuras picudas, como cortes de cordilleras en movimiento, como gráficos de doble eje rellenos, en fin, algo inexplicable y dinámico, que, pese a ser un objeto sólido no dejaba de moverse en ningún momento y reproducía el ritmo de los fragmentos golpeando contra el suelo.
lunes, 29 de diciembre de 2014
Chacarita
Mientras esperábamos nuestro turno para despedir al abuelo, quise ir a visitar el resto del cementerio. No el sector de bóvedas y mausoleos por el que entramos, que se parece bastante a Recoleta o a Flores, sino la otra parte: la serie de pabellones que se extiende, creo, hacia el oeste, como una ciudad subterránea o un laberinto escondido. La parte nueva. Más que la curiosidad morbosa que puede mover uno a caminar un cementerio y meter la cabeza entre los vidrios rotos de una bóveda, o incluso más que las ganas de un paseo pintoresco, es la atracción por la arquitectura megalítica, casi retrofuturista, la que me llama a querer caminar el parque y quizás bajar y recorrer, si el tiempo alcanza. Me resulta mucho más atrayente esta parte nueva, de la que no sé la historia (quizás ni la tenga), que la vieja, con sus esculturas y familias ilustres, hombres y mujeres ilustres y orquestas de tango completas enterradas juntas. La vieja se construyó para recibir los muertos regados por la fiebre amarilla de 1871, que, ya exhumados, mataban también a los empleados del cementerio. Era bastante grande entonces, con el crematorio, la capilla, el parque y los mausoleos.
Esta parte nueva me genera otra clase de impresiones: las entradas son como tapas monumentales y rectangulares levantadas para airear los subsuelos, que de otra forma, reventarían con los vapores de los cuerpos; también parece una pista de aterrizaje incomprensible, la clase de pista de aterrizaje que construirían los extraterrestres que fundaron el imperio maya, los mismos que terminaron el mundo dos años atrás. Una foto panorámica haría una portada clásica de Floyd, y algunos rincones podrían, tranquilamente, ser el patio de la casa de mis abuelos.
Caminando despacio, arrastro a A y a E conmigo hasta el acceso más cercano, y, a la sombra del techo inmenso rectangular, me asomo por una de las escaleras. Hay como tres niveles para abajo, todos balconeando, uniformes, a un patio descolorido y arbolado. Bordeamos y atravesamos el parque hasta el siguiente acceso. Nos cruzamos una familia que viene abrazada llorando y un par de empleados, serenos o pastores de muertos que charlan cerca de una puertita de servicio. Desde lejos, echo una ojeada contra el sol para ver cómo van las cosas en la capilla. La gente sigue apelotonada en la calle y el coche fúnebre viene entrando un cuerpo de reversa. Todavía no nos toca.
Estamos abajo, nivel -1 o -2, en una intersección. Las escaleras descienden en zig zag, en dos tramos y alimentan el entramado subterráneo desde las cruces. De las cuatro direcciones, dos dan a patios y dos a pasillos (túneles, diría). Nos perdemos, creo, a propósito. Elegimos aleatoriamente alguna dirección y caminamos por los pasillos entre los cajones. Chequeamos las inscripciones en las placas porque sí, miramos las flores y todo eso. En seguida la curiosidad por la estructura toda vuelve a ganar sobre la curiosidad morbosa de cementerio. Ya no hay cajones con muertos con nombre sino más bien muros construidos con muertos anónimos o, mejor, cajones vacíos. Las roturas, los decolores y las ausencias que se repiten a intervalos que no llegamos a captar, forman parte del mosaico. En el momento en que esto opera en mi cabeza, pierdo por completo el rumbo: veo pasillos iluminados y pasillos oscuros, pasillos cuidados y pasillos abandonados, mamparas sucias de tres alturas y patios de luz que huelen mal, otros patios largos que parecen el patio de mi abuela y bancos y balaustradas sin gracia. Parece un complejo habitacional enorme, como los hoteles llenos de ataúdes que le gustan a Gibson, solo que acá son ataúdes llenos de hotel, y con una impronta local bastante fuerte.
Los empleados de overol, armados de escobillones, nos miran pasar a lo lejos, no del todo seguros si venimos a visitar a algún familiar, a curiosear o a robar cadáveres, pero por su interés, imagino que se decantan por la opción A.
Cuando bordeamos uno de los patios escucho voces atrás, miro por sobre el hombro. Viene una comitiva de gente acompañando a uno de los empleados que empuja un carrito con un cajón. Estamos justo en el medio del pasillo y ellos vienen muy rápido, por lo menos más que nosotros que andamos paseando. Siento en la nuca la presión rutera de abrirme para ceder el paso. En vez de echarme a un costado y bajar la cabeza en señal de respeto o hacer un saludo marcial, apuro el paso para que no me alcancen y doblo en la esquina hacia el otro lado del patio. La comitiva, como pensé, gira en la dirección opuesta, es decir, hacia adentro, y las señoras pasan tratando de tocar el cajón y sorbiéndose los mocos mientras el empleado de ojos entrecerrados toma la curva como lo haría un repositor de supermercado. De más está decir a qué sección se dirige.
La gente que fuerza la tristeza. La gente que asume la tristeza en uno. La gente que reproduce a rajatabla lo que dice en el manual de los funerales. La gente que está de compromiso. La gente que viene a tirar facha vestida de negro. La gente que hace mucho que uno no ve y que está bueno ver, sea cual fuere la excusa. La gente que genuinamente está triste. La gente que encuentra en este momento, un momento silencioso y personal, y que charla un rato con la memoria del muerto. La gente que piensa en los asuntos que complicó para asistir. El cura, que deja correr la cinta del casette u otro medio analógico más antiguo y polvoriento, creo, y despacha un palabrerío que deseo de corazón que nadie esté escuchando. Me toca cargar el ataúd junto con mi viejo, mis primos y algunos tíos postizos, en una maniobra ya naturalizada por años de películas con escenas de funerales. La diferencia es que acá no hay soundtrack para que la voz del cura se escuche copada y en off mientras los personajes permanecen impávidos ante las gotas de lluvia que les chorrean por la nariz o sufren ataques de flashbacks mientras sus ojos enfocan el vacío. Tampoco hay bailarinas vestidas de funebrero flanqueando la comitiva, ni una escalera dramática a la salida de la capilla, ni cámaras cenitales que lo capten todo. Acá está todo relleno de nada. Como una especie de mausoleo intangible.
Creo que el momento más genuino ocurrió previo a la cremación, cuando uno de los ex compañeros de la armada del abuelo se adelantó para decir unas palabras con una mano sobre el féretro, palabras que no retuve, y que en otro momento podrían haber sonado afectadas, pero que, marcialidad y todo, fueron las que más sentido tuvieron en toda la tarde. En ese momento sentí que algo del abuelo se condensaba en el aire del crematorio. También pensé en los Peces del Infierno. Después todo se disolvió en esa industria de cementerio, cuando el cajón desapareció deslizando por la cinta con un ruido fuerte de aire caliente y diafragma.
Más tarde caí en la cuenta de que estaba todo vestido de negro, con el cuello de la campera negra abotonado a tope y lentes negros redondos. Y zapatillas negras. No quise: una de cada tres veces salgo de casa vestido todo de negro, sin muerto de por medio. Me cayó la ficha cuando vinieron los Fernández a saludarme después de la cremación y pensé en la impresión que les habría causado, y si parecería que me había vestido de negro porque esto era importante para mí y lo quería hacer notar. Después, cuando nos fuimos, lo vi a L venir a través de las lápidas con un sobretodo negro, pantalones negros y zapatos negros. L no puede evitar transformar su entorno en la tapa de un disco de los 60, en este caso, uno bastante melancólico. La contratapa la fabricaron con J cuando se despidieron y se fueron caminando despacio cruzando el parque. Hay convenciones que tienen que ser rotas, pero también hay una vocecita que nos dice “hoy vestite de negro, que es un día negro” mientras nosotros pensamos en una conveniente secuencia de nada minutos antes de salir de casa. Pensé en si todo esto estaba hecho a propósito. Yo, por lo menos, no me di cuenta: las casualidades están hechas a propósito.
jueves, 3 de julio de 2014
Las ciudades vacías
Las ciudades vacías son, en principio, ciudades con gente. Son cuerpos esqueléticos sin venas. Estructuras óseas por las que los glóbulos rojos y los glóbulos blancos andan confundiendo colores, tendiendo a los grises, rebotando y chocándose a falta de cauce. Son aglomeraciones desparramadas, tierra mal regada, son objetos haciendo ruidos sordos y ecoicos en un contenedor desproporcionadamente grande. Las ciudades vacías son el abismo que hay entre la forma y la función, insalvable pero reconocido y nombrado, y para colmo bocetado, diagramado y confusamente mapeado sobre sucesivas capas de papel translúcido. Las ciudades vacías son la paradoja aparente del espacio cuyo valor de uso es totalmente impensado. Pero también son y deben ser un instante en el cual uno, inserto en un espacio concebido para el gregarismo, se encuentra, en cambio, segregado, y se sorprende conversando con sus propios espejos. En una ciudad ausente, esta conversación es imposible. Las ciudades vacías están ahí para expeler el rumor de lo inmóvil, para procesar los ecos y devolverlos en forma de diálogo con fantasmas. Están para ser el grabado vivo de las memorias e imponer el precio por su recreación. Son, quizás, el aullido de un perro invisible o la lluvia como un animal. Todos están ahí y son tantos como esquinas hay, todos de pie en su propio ángulo ciego. Las ciudades vacías los abrazan y amparan: son la posibilidad de ejercitar la soledad dentro del conjunto.
miércoles, 4 de junio de 2014
Audrey
Así como estás te veo: semidormida en tu silla escuálida. La ventana de atrás derrama luz en grano sobre tus hombros cruzados por breteles, la musculosa bicolor a rayas sostiene tus tetas chiquitas. Ambas piernas blancas, flacas, emergen de la bombacha blanca, se juntan en las rodillas, se separan en los tobillos, la mitad de las plantas apoya en el suelo frío. Tu pelo quieto como una llama congelada a la mitad de su danza te hace sombra sobre las facciones. No te veo la cara. Le veo la cara a ella. Nítida, de perfil, la luz de la ventana la favorece. No está cansada por el trajín, ni demacrada por las horas vanas de sueño, ni oscurecida por una oscuridad interna. No toma café, no come carne, no vive del delivery, no lee más de lo que quiere, no fuma cigarros armados de canela, no establece distancias primero y tiende puentes después, no se queja de sus padres que le hacen la vida más fácil. Yace sobre piel y huesos, dormita, no duerme, y se levanta sin la cara roja (a veces un poco), se pasa los días inmersa en un mar de burbujas, todos los días las mismas burbujas, todos los días el pelo igual de lacio y nunca huele a champú. Y genera un espacio de intimidad increíble solo con los ojos. Vos cada vez que hablo mirás para allá. Sí, tiene la piel gris pálido. No sé qué tanto te importa, podría incorporarse sin dificultades en un extremo de nuestra paleta de colores. Pulcra, quizás una marca por acá y otra por allá, en la pera o cerca de la oreja, pero los estándares de belleza que todavía manejamos lo admiten. El rubor también. A vos te falta un poco de sangre en el cuerpo para ganar color. “Audrey”, me dijiste por la comisura "se llama Audrey"; creo que tenía un apellido japonés, y veo por qué: la carita hinchada y rasgada, todo lo linda que puede ser una carita hinchada y rasgada. Recostada en su lecho de piel y huesos es la cercanía y la distancia conjugadas. Cuando estábamos los tres acostados y enroscados me deslicé desde tu cuello, sobre tu clavícula y por tu hombro y bajé por tu brazo hasta encontrarme con ella. Posé mi nariz sobre su cachete derecho y aspiré su perfume. Ella simplemente me dejó. Siempre me responde bien, sugiere más de lo que dice, hasta a veces creo que es muda, pero da a entender mucho. Respeta mi silencio, incluso el tuyo, cuando revolvés entre las cosas de la cocina y hablás sin parar, y la pava silba y vos tratás de hablar arriba, ella se deja llevar por tus ademanes, se amolda a tus tiempos y tus movimientos. No trata de hablar sobre nada, no se queja de que las cosas no vienen a ella mientras yace mirando los apliques en el cielorraso, porque sabe que las cosas que van eventualmente vuelven; tampoco esparce los tampones por la bañera como kanikamas en una cazuela. Audrey, los tampones no se comen, eh ¿Y a vos qué te importa? No sé por qué le digo estas cosas, pero a veces me parece un poco naif, sin perder esa complicidad que tiene conmigo y que me hace pensar que es más despierta de lo que muestra ¿No te parece que cuando te mira a vos, te mira distinto? Como guardándote algo. No, de verdad. Fijate: hacé la prueba desde ese ángulo en el que están, sin mover el brazo ¿No parece que te escondiera algo? Quizás es que quiero apropiármela, pero Audrey no es una Gioconda, es maleable y laxa si querés, podés hacer que te mire distinto agarrándole la cara con una mano o tocándola con la punta de los dedos. Podés hacer que haga puchero. No, yo no quiero hacerlo ¿Por qué me preguntás estas cosas? Tinta y sangre somos todos, grito desde la cocina. Enfermos también, murmuro. Me gritás que no me ponga metafórico cuando hablamos de cosas concretas que sueno re pedante y no me entendés ni me bancás. Todos neuróticos ¿Dónde guardás los saquitos? ¿El de la derecha? ¿Arriba de qué? ¿En el mismo lugar que los platos? ¿Ves que sos un quilombo? Ahí voy, Audrey, pasa que esta piba me vuelve loco. Aparezco con tres tazas con tres tés, y me decís por qué son tres, y por qué a los dos de ceylón agrego uno de kocha con dos cucharas de azúcar. El té lo tomamos sin azúcar, me decís, desde el noviembre pasado cuando lo prometimos. El azúcar lo tenés no sé para qué, porque ya casi no le ponés a nada. Que el azúcar, el café, el chocolate, etcétera te sacan granitos y te dijeron en el trabajo que era inadmisible. Carpeta médica por acné, despedida por exceso de acné, Audrey ¿Podés creer? Como si la gente evitara visitar al dermatólogo porque la secretaria tiene la cara un poco picada. Está bien, tiene su chiste, pero... Me decís que deje de hablar gansadas con nadie, que te de un poco de bola. No sé de qué te quejás, si flacucha y todo parecés de porcelana. Casi me hacés tirar todo el té sobre las sábanas cuando me agarrás de la muñeca y me arrastrás con vos a la cama. Ya sé que a tus viejos les sobran las sábanas, todo lo que tenés en este departamento es lo que a tus viejos les sobra. Me callás, me callo. Nos enlazamos y busco los ojos de Audrey entre las sábanas. Dónde estás, pienso, me gusta el contacto visual, además de la media luz y el olor a té. Con las piernas trabadas con las tuyas trato de manotear el té para que le demos unos sorbos. Chorrea y me empujás. Parás de golpe. Me preguntás por qué no dejé de sujetarte y mirarte el brazo mientras cogíamos, ahora lo tenés un poco rojo entre el hombro y el codo. Me quedo tirado, no te contesto. Audrey lo siente, está un poco irritada, y si le duele, no lo dice, y su cara sigue tan relajada como es habitual. Parece un sueño. A ella no le importa, te digo. Te enojás mucho y me pegás cachetazos hasta que me cubro con la almohada matándome de risa y te levantás para sacarte todo el té negro que te chorrea por el brazo. Audrey se ríe con una sonrisa cómplice, tímida y adolescente mientras el té pegajoso le corre por la frente, la nariz y el labio. También se le metió en los ojitos y los tiene enrojecidos. Bah, creo que siempre los tiene así. Pero está conmigo en esto: ella entiende o disfruta el juego. Te vas a la cocina. Ella se va con vos, naturalmente. Te pasás el trapo por el brazo mientras me decís cuanto insulto poco imaginativo te viene a la cabeza. A veces cuando me puteás se te prende una luz que hace que me gustes de verdad por unos de segundos. Volvés a la cama y te tapás con la almohada. Dejás afuera el brazo para que seque y no moje las sábanas. Decís que te da frío y que te acordás de la impresión que te dio la aguja sobre tu piel porque sentiste el mismo frío después. No te contesto, te dejo dormitar y me salgo de la cama. Me siento en la penumbra, sobre la alfombra: “Estamos solos Audrey”. Cuando estamos solos es silencio y me tienta violentarlo con uno de esos monólogos que siempre te tienen por objeto. Pero hoy te noto rara ¿Por qué esa cara ensombrecida? Quizás sea la luz ¿Hay algún problema? Te sentís sola. Querés compañía, me parece. Bueno, no tiembles así. Esperá acá, no te muevas que voy a hablar con ella. Me trepo de nuevo a la cama y te saco la almohada de encima. Entrecerrás los ojos y te tapás la cara con tu otro brazo, el inmaculado. Me decís qué me pasa, que te dio sueño y que estabas calentita ahí abajo, que no te joda ahora que habías alcanzado algo de paz interior, que ya habías contado como cuatro chakras. Me acerco, apoyándome sobre el codo izquierdo, con cuidado de no aplastar a Audrey, que observa la escena, expectante, y te digo, un poco ansioso, con un nudo dulce en la garganta: “¿Qué tal si te tatuás el otro brazo?”
viernes, 16 de mayo de 2014
Esculpir en el tiempo
El mes pasado vi Sacrificio, la última de Tarkovsky que me quedaba por ver. Recién antes de ayer encontré este papelito, escarbando entre unos libros. Pensaba que lo había perdido. Me lo dio un viejo en el Dickens porque me escuchó hablar sobre Esculpir en el Tiempo, un libro sobre arte que había encontrado medio por accidente en un post de Flying Teapot. Yo hablaba de "el ruso este", porque no me acordaba el nombre del autor, y trataba de esbozar esa idea de esculpir en el tiempo de alguna forma que P la entendiera. El viejo se levantó de la mesa de al lado, vino hasta la nuestra, me dio el papel, y me dijo: "Andrei Tarkovsky, el mejor cine". Y se borró.
Ya hace años de esto, no sé cuántos. No me sale fácil decir que tal cosa me cambió la vida, pero lo que resultó de este episodio transformó mi perspectiva y mi forma de apreciar y entender el arte. Le faltaron un par de títulos, pero gracias a ese viejo esa noche en el Dickens, me metí en una carrera por devorar la filmografía de este ruso, que al día de hoy, sigue siendo lo que más me gusta del cine.
Ya hace años de esto, no sé cuántos. No me sale fácil decir que tal cosa me cambió la vida, pero lo que resultó de este episodio transformó mi perspectiva y mi forma de apreciar y entender el arte. Le faltaron un par de títulos, pero gracias a ese viejo esa noche en el Dickens, me metí en una carrera por devorar la filmografía de este ruso, que al día de hoy, sigue siendo lo que más me gusta del cine.
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