miércoles, 2 de enero de 2019

Slow burning

Hace no mucho tiempo, en una juntada, una amiga me dijo que ella necesitaba de un misterio para desentrañar cuando veía una película o una serie, por lo que su opción preferencial eran los policiales o thrillers. La mía, por el contrario, son los no-thrillers. Descifrar misterios me aburre, me anestesia la cabeza y hasta me puede llevar a abandonar a medio camino, algo que en general trato de evitar (ayer me fui de una función antes de terminada), con el cine o cualquier otra forma de arte. El policial omnipresente en la ficción contemporánea, las narrativas regadas de dispositivos orientados al suspenso me dan fiaca y me llevan a entretenerme en cuestiones periféricas hasta que pase la hora y pico (o más, qué espanto) y corran los créditos. Ya que estamos en Corea: sí banco los policiales de Bong Joon-ho. Quizás mi problema sea la saturación.



En fin, Burning no es otra cosa. Pero vamos por partes.

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jueves, 28 de junio de 2018

Más allá de la frontera

No vi muchas películas de cowboys, más que un par de Leone y alguna que otra de John Ford (¿Dead Man cuenta? ¿El Topo? ¿Y Volver al Futuro 3?), pero muchas cosas pueden reponerse en Western, sobre todo cuando el título ofrece la primera clave de lectura y un caballo es el centro de un problema.

Por supuesto que nuestro protagonista es un cowboy. Silencioso, en su forma de caminar, en la expresión de su presente y la mención de su pasado. Es un lobo solitario que prefiere fumar y caminar entre los árboles en lugar de conversar con los suyos y que da a entender que no está interesado en construir relaciones, regalando poca información y ofreciendo respuestas triviales a las preguntas, entre las que se pueden leer algunas hostilidades solapadas para quien se adentre de más en su territorio personal. Arrastra un pasado en el que, queda claro, ha vivido cosas, muchas seguramente intensas: formó parte de la legión extranjera en África y Afganistán, pero cuando le preguntan si mató gente, hace un gesto de labios sellados.


Revisemos: ¿Carácter solitario? Check ¿Autosuficiencia? Check ¿Pasado gris y misterioso? Check ¿Revólver? Navaja retráctil y, en una escena, rifle ¿Fuma? Por supuesto. Un bigote semicanoso, una cara curtida y con surcos, como tallada en madera, y unos ojos profundos azul grisáceo completan el perfil. También hay, en Western, un caballo, una pandilla de bandidos con un líder bravucón y un pueblo donde todos tienen un papel y se conocen las caras.

Ahora, qué pasa con lo diferente.

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jueves, 23 de febrero de 2017

Impresiones de viaje

Escribir viajando por lo general resulta en un diario de viaje.
Un diario sirve tanto para dar cuenta de nuestras experiencias como para plasmar observaciones posteriores sobre esas experiencias. Cuando uno compone una crónica a partir de hechos y observaciones lo natural es que resulte en una narrativa, y las narrativas, además de lo dicho, siguen su propia inercia.
Mi intención cuando tomé estas notas en un cuadernito no era configurar una narrativa sino dar cuenta de las cosas a modo de punteo, para que leerlo después disparara los recuerdos antes que elaborarlos. Las escribía al finalizar el día, apiñando todas las cosas que recordaba en frases cortas. Carecen de punch literario, pero volver sobre ellas me ayuda a recuperar momentos de un viaje que fue corto pero estuvo zarpado.

17 de febrero

Viajamos al mediodía con la piba de la base naval y la volvimos loca con nuestras referencias a la escena local (por el resto del viaje: "La escena" como en "Lalo, la chica de la escena"). Bondi en San Telmo hasta Alem y subte a Villurka. Equipment drop y subte a San Telmo. Vaui. El centro catalán y el edificio increíble de Xirgu ("..." en la versión original, el nombre de la señora que lo mandó a hacer). Jarrones en bolsas de plástico y el restaurant en el interior. Fauna local mezclada con la gente del restaurant. PAN. Liza y el odio de todos: "Sacá las pistas careta". Todo lo que quiero es destruir. Mueran Humanos. La nube de humo más impresionante que viste en la vida. Algunos temas y afuera. Lluvia. El bar de enfrente, el arroz yamaní y los 40 gauchitos giles. Politeísmo y extranjeros. Agua de la canilla con hielo gratis. La señora era bruja, me tocó. Llegan las pibas. Caminata por la 9 de julio empapada. De la vuelta no me acuerdo, estaba dormido. Muy piedra.

18 de febrero

Despertamos rotos. Joli fue a trabajar. Comimos arroz con atún. Hueveamos un montón. Fiesta emo en casa. Chambara sabbath. Hablamos con Joaquín. Fuimos a Plaza de Mayo a las 5 y pico. Compramos soda por accidente. Vino Joaquín, después Joli y después Valencia. A La Boca pateando. San Telmo, re pintoresco. La galería muerta con esos patios impresionantes y hermosos. La feria cubierta y los locales de porquerías, muñecos, ropa, antigüedades. El café y la carnicería, uno al lado del otro. Los olores mezclados y la zona de trancisión. La araña de hierro. Esperamos afuera. Esas plazas contenidas que parecen medio interiores donde se arma milonga. Folklore para extranjeros. Parque Lezama. Mi pata hinchada. La Boca. Fiesta del Jato, rock canónico y cuarteto. Leuci y la frase certera sobre los Redondos. Polémica sobre Batman. "Superman puede destruir el mundo y no lo hace". Bukowski en la puerta de entrada y Sbarra en la del baño, obviamente. El perro, más bueno. Mi pata, una empanada con hielo. Sal en la mancha de vino. Me regala el libro "Chau, papá". Vuelta. No tan cansado.


19 de febrero, día oriental

Hay que racionar el agua como en el campamento. Ayer hicimos compras con cara de dormidos. Antílope quiso una hamburguesa de Mc una hora antes de almorzar, la comió en la plaza. Pechugas de poyo y fármacos.Toda la cocina sucia. Fiesta nigga en casa. Self esteem es Smells like teen spirit. Al jardín japonés. Estuvo bien, tranca. Que cheto e impecable Palermo. Cuando volvamos vamos a ver Harakiri. Vino Joaquín otra vez. Barrio Chino. Dolor de patas. Compramos 6 u 8 sushis diferentes. Llamamos a Agus. Fiesta de divas en casa, se cagó con Korn y terminamos viendo videos de hardcore. Tomamos helado, no todo. La gente salió a la calle por los corsos. Sort of insomnio. María. Hablamos de sushi. Me puse a leer a Prieto y el poema que le gusta y ahora escribo esto en el balcón. Esa rara paz. Me fui a dormir con Roads en los auris. Me acordé de los labios despegados de Beth Gibbons y la escuché respirar. También me acordé de lo que fuma y de ella escapando en violeta hacia atrás de las cajas de sonido. Pensé en Mariana. Antes de terminar me sonó el whapp. Debe ser María.

20 de febrero

Me despertaron los autos de Triunvirato y después los gritos de Jazmín Esquivel en el comedor. La mancha de la remera no salió. Vimos Lupin y rememoramos Locomotion. Almuerzo Mc, yo plan de cabotaje. Semisiesta con Erik Satie y Ulises Conti. Perder el tiempo y dormir con aire acondicionado. Llegó papá. Se cortó la luz por 5 minutos. A Joli y a papá los agarró en el Coto. Descubrí el libro "La vida, creadora de rocas" que habla sobre radiolarios y creo que fue el mejor descubrimiento en mucho tiempo. Puse MM&W. Cloud wars y el cielo de Villa Urquiza (de Boedo). Después "Dark was the night" mientras tomábamos una especie de merienda a las 7 de la tarde, con el depto casi a oscuras. Folk no apocalíptico. Music wars. A Coghlan caminando. El depto de Burns semi vacío, copamos el piso. Vino Fabri con sus dos polos positivos. Jugamos al "qué preferís" gracias a Ailén. Bufa y el collar isabelino. Estación de Coghlan. Esa foto para quién. Vuelta a casa, manija y terraza. Buenos Aires no termina. Todas las antenas con luces rojas son de Movistar. Luna amarilla y relámpagos naranjas.

21 de febrero

Nos despertamos temprano para desayunar con Burns. Desayuné sin Burns. Costó levantar a todos. Hicimos malos planes. Limpié la volturno, que tenía ectoplasma, con agua hervida, e hice café escuchando el final de "Dark was the night". Me manché la musculosa con café, no puede ser. La lavé por segunda vez con jabón de PAN. Vinieron y ahora sí desayunamos. Guía del Prado. Revisionismo de la historia del arte con categorías violentas. Fiesta punk en casa. A comer a lo de Vivi, medio express, y al depto otra vez. "Joli ¿me puedo llevar el libro de los radiolarios?" El tema se llamaba Nova. La costumbre del disco del mes. Salida con tormenta. Salida de la tormenta. Lapso de cielo despejado. Cosas de papá que vinieron joya: Creedence para la lluvia, la intro de Wish You Were Here para los relámpagos. Es al pedo ponerle palabras a los de hoy, pero rankean en el top 3. Alejé todas las otras cosas para mirarlos. Undone. "Map del Piat". Desensillada rápida. El infierno es Mar del Plata.




viernes, 11 de noviembre de 2016

El partisano

La muerte de Leonard Cohen me recordó tres cosas:

1) El primer tema suyo que me llamó la atención fue The Partisan.
2) Una traducción que hice de Suzanne hace unos meses. Cuando una canción en inglés me gusta mucho suelo intentar traducirla, a modo de muestra de amor. Que lo resista es una cosa diferente.
3) Fata Morgana, una película hermosa de Herzog, donde algunas canciones suyas acompañan imágenes de aldeas del Sahel con frases absurdas sobre el paraíso. Tiene sentido: pocos pueden ser profanos con tanta clase como Cohen.



miércoles, 19 de octubre de 2016

White whale, holy grail

Me da un poco de vergüenza decir que, Wikisource y feed de Facebook mediante, me llegó la versión original de Moby Dick. Vergüenza porque no tuve la dignidad de ir a buscarlo yo, siendo que hace un tiempo se me había metido en la cabeza. Culparía a Mastodon (el metal siempre recurriendo a tópicos tan nuevos; ya me pasó con Amorphis y el Kalevala) y a la lectura de Eric Schierloh, pero de seguro existen un montón de razones menos evidentes que se me escapan y por tanto no puedo escrachar acá.
El sustrato es la nostalgia que me provocan los clásicos que leí de chico, en versiones adaptadas o no (hoy no recuerdo cuales eran versiones completas y cuales adaptaciones, seguramente porque nunca lo supe) entre los que estaba la propia Moby Dick, en su versión novela y en su versión cómic. Las cosas que son rescatadas por esta alquimia (placeres de antes que se mezclan con placeres de ahora) cobran fuerza gradualmente hasta que la conciencia gatilla, un día y sobre determinadas circunstancias, y la magia ocurre. Hoy Wikipedia me tiró un link a Wikisource donde está el texto original completo en inglés y ya no tuve excusa.


"Wow. This is why I got into this business."

Algunas veces, cuando se producen estas recuperaciones, el objeto vuelve desabrido, flaco o vacío, cosa que me ocurrió mucho con discos que escuchaba en mi adolescencia y, por ahí en menor medida, con novelas o cuentos. Pero los casos en los que lo hacen enriquecidos son pocos, es decir, cuando vuelven cargados de mucho texto que recuperar, más allá de lo puramente emotivo y casi fetichista que suele gobernar estos reflotes.

Moby Dick volvió todavía más robusto.
En el primer capítulo Ishmael se presenta ("Call me Ishmael") y narra sus razones para hacerse a la mar. Hay algo de tedio, algo de melancolía y el límite desdibujado entre mente-espíritu y cuerpo que caracterizaba la escuela de medicina de fines del siglo XIX en las razones que nombra. Spleen es el tedio de época baudeleriano pero también el bazo, cuya segregación, creían los griegos, era el origen de este sentimiento. Estas concepciones se perdieron en el tiempo y, por lo tanto, produjeron formas literarias irrepetibles ¿Dónde más, si no, vamos a leer un manifiesto como el que Ishmael hace en este primer capítulo? No hay rescate ni recopilación que te convenza de que el bazo segrega la bilis que te pone melancólico. Y están, además, todas esas palabras que cayeron en desuso porque la cotidianeidad las liquidó, arrastradas por la obsolescencia de los objetos que nombran, por ejemplo, ni idea que significan "lath" y "plaster" (ahora sí) pero como "northward" y otras palabras cada vez menos frecuentes, guardan mucho de los sonidos anglosajones que más disfruto escuchar y leer. Por eso este capítulo, y si la garganta resiste todo el libro, se lee en voz alta.
Tópicamente, Ishmael va contra la contemplación del mar hacia la habitación y la experiencia del mar, en contra de embarcarse como pasajero y a favor de hacerlo como marinero, y fundamentalmente, reivindica su libertad y privilegios como subordinado a bordo y, por extensión, de todos aquellos que ocupan los eslabones más bajos de la cadena de mando.

...for the most part the Commodore on the quarter-deck gets his atmosphere at second hand from the sailors on the forecastle.  He thinks he breathes it first; but not so. In much the same way do the commonalty lead their leaders in many other things, at the same time that the leaders little suspect it.

Un manifiesto, una declaración de principios, una caracterización del espíritu, una afirmación de libertad y una reflexión sobre la condición humana componen el primer capítulo de Moby Dick. Basta para justificar el solo paso que deposita a Ishmael en cubierta del Pequod y sobra para meterme a mi en la novela, pese a que sé que el conflicto empieza con Ahab, cuando se pierde de vista la línea de la costa; ese momento de vértigo romántico propuesto por Ishmael que se convierte rápidamente en asimilación de las circunstancias: ya que estamos en este barco, naveguemos. Yo también, ya metí la pata.

Mi white-whale-holy-grail es ahora la edición impresa.



miércoles, 13 de julio de 2016

Un año de coveramas

Hace casi un año desde que publiqué por primera vez en Coverama. Podría ser una boludez, pero tener que resolver textos cortos para un medio ajeno, pasarlos por el correspondiente filtro editorial (por más amable que sea) y lidiar psicológicamente con las versiones publicadas es, para mi, una experiencia a considerar. Poner a funcionar todo mi conocimiento rollingstonero inerte es otro gol.

Acá están los textos publicados a la fecha.

Y acá, otro cover raro de Eugenio a modo de aniversario:



sábado, 5 de marzo de 2016

Worldbuilding

27-04-15

El final fue estar echado en una cama estrecha, parecida a las camas que había en el viejo departamento de B. El cuarto era más o menos igual en proporciones, también, pero más parecido a un estudio, no sé si de arquitectura pero quizás sí de planeamiento o desarrollo urbano, con toneladas de libros angostos ordenados en serie que recordaban a las enciclopedias por fascículos que vienen con las revistas. Aparentemente estaban o estábamos documentando(nos) sobre la construcción o reconstrucción de mundos completos. Yo estaba tirado con una chica, rubia y de pocas palabras, en la cama estrecha, como si tuviéramos esa relación desde hace tiempo ya, aunque tengo la sensación de que en el contacto físico consumábamos algo que hasta el momento había sido distancia y me daba vueltas en la cabeza lo que pensaría su papá. Vestíamos ropa liviana de invierno y estábamos en medias. Hablábamos del material de investigación recolectado y del "noveno mundo". Alguien trabajaba en un escritorio cercano, mientras tanto, creo que el padre de ella: un viejo arquitecto de cabeza chiquita y semipelada con lentes. Era como una pequeña pausa en el trabajo largo y agotador de días atrás (soñé mucho antes, pero sólo recuerdo el remate) que quizás desembocara en mucho tiempo de trabajo más, pero esta pausa jugaba con la posibilidad de que todo terminase en ese momento o que el tiempo simplemente se detuviese para siempre. No sé si íbamos a seguir con el proyecto. Tuve, entonces, la visión de algo afuera, que quizás fuera la vista de la ventana que estaba a mis espaldas. Un paisaje semiurbano de algún desagüe monumental de varios canales o un estanque espejado artificial que reflejaba el sol del atardecer y los colores del campo (muy pampeano) que había más allá. La ambición del proyecto (¿íbamos a construir o reconstruir un mundo entero?) era como la multiplicación de un trabajo de Amancio Williams.

jueves, 31 de diciembre de 2015

"El cerebro musical", cuentos de César Aira

Por Patti Smith

Una niña corre vertiginosamente de mesa en mesa en un café atestado, recibiendo objetos hechos de servilletas de papel, confeccionados por los clientes para su diversión. Todos están amorosamente ideados y son imposiblemente elaborados: un avión, un ramo de flores, un diorama, un canguro de cola móvil, el museo Guggenheim de Bilbao, un payaso hecho de "papel tan frágil que una mirada podría quebrarlo". Conforme cada fantasía se deshace en sus pequeñas y ansiosas manos, es descartada en favor de la siguiente. El aura creativa concentrada en torno a los clientes sirve como mero telón de fondo para su enérgico compromiso con un momento que continúa transformándose en el siguiente.
Este cuento, "En el café", aparece en la nueva colección del escritor argentino César Aira, "El cerebro musical y otros cuentos", y ofrece un ejemplo juguetón de la conexión de Aira con la forma de operar de un inocente. Se aventura en un café y baja sus observaciones al papel; luego lo descarta rápidamente. Él es al mismo tiempo el cliente fabricando delicadezas y la niña moviéndose atrás y adelante en la corriente que llama “presente perpetuo”. "La absorción inmediata de la realidad, por la que místicos y poetas luchan en vano, es lo que los niños hacen todos los días", escribe Aira en su primer cuento, y es una habilidad que él mismo posee. "Puedo seguir inventando indefinidamente," ha dicho, abrazando lo incomprensible con un deleite tan compasivo que empieza a comprenderse a sí mismo.
El ojo cubista de Aira mira desde todos los ángulos. Una y otra vez en estos cuentos encara el clásico desafío matemático conocido como "problema del plegado de papel", que sugiere que un pedazo de papel puede doblarse a la mitad solo nueve veces. Sin dejarse sujetar por los límites prácticos de esta secuencia, Aira ve otra posibilidad algebraica. En "Picasso", un cuento al estilo O. Henry, no sólo pinta el cuadro de quién era Picasso y cuál es su lugar en la historia del arte, sino que también ofrece una majestuosamente perceptiva descripción de una pieza imaginaria: "La reina, compuesta por muchos planos que se intersecan, parecía haber sido extraída de un paquete de cartas plegadas cien veces, refutando la verdad probada de que nueve es la cantidad máxima de veces que un pedazo de papel puede doblarse al medio".

Los cuentos en "El cerebro musical" exhiben la narración continua de la mente improvisadora de Aira. Sus personajes -sean rufianes de cómic, simios, partículas subatómicas o una versión de su yo-niño- entran en un cambiante paisaje azulejado de eventos que trastornan nuestra existencia temporal y la hacen, en el despliegue, fantasmagórica y, a la vez, aparentemente cotidiana. Su aproximación de-facto, naturalizando incluso los más extravagantes episodios, anula la incredulidad y envalentona el sentido del desplazamiento, de la liberación del lugar común.
Aira ha perseguido esta manipulación de lo ordinario hacia lo extraordinario a través de, por lo menos, 80 libros pequeños, de los cuales solo una fracción ha sido traducida. Llegué a él a través de Roberto Bolaño, uno de sus defensores, y fui rápidamente seducida por tres novelas en particular: "Un episodio en la vida del pintor viajero", "La villa"; y "La costurera y el viento", que tiene lugar en Coronel Pringles, Argentina, ciudad natal de Aira. Dice que “había venido de un lugar llamado Pringles, donde resuena música divertida y nunca pasa nada, excepto todo”.
La primera línea de esta colección nos conduce de manera confiada hacia el maravillosamente fracturado mundo de Aira: "De niño, en Pringles, iba mucho al cine". Y así entramos a una sala con múltiples pantallas proyectando otras pantallas plegando el tiempo, desenredando la memoria geométrica y exponiendo los juegos secretos de la niñez.
Nadie apila la histeria como Aira, trepando desde el evento más banal hasta una verdadera estampida humana. En el cuento del título, que también ocurre en Pringles, un paseo casual luego de una cena familiar da un giro inesperado, transformándose en un bizarro mundo paralelo. Hay un circo fellinesco; enanos gemelos en trajes negros hallados muertos; un antiguo librero con una colmena y la cara espolvoreada de rosa; una crisálida asesina que pone huevos y siembra brotes. Todo sin mencionar el propio Cerebro Musical, que intermitentemente emite sonido para unos pocos, como las señales de una estrella agonizante.
En "El té de Dios", una partícula subatómica se cuela accidentalmente dentro de un pródigo ritual de cumpleaños presidido por simios frenéticos. Involuntariamente, esto desequilibra el universo, intensificando el comportamiento de los simios y poniendo momentáneamente nervioso al propio Dios. El cambio infinitesimal deriva en un nuevo nivel de caos, como si un niño hubiera alterado un factor en la ecuación de un físico. Acá y en todos lados, Aira es tanto el físico como el niño, el ser que tiene la audacia para emerger y el poder de disiparse.
Belleza y verdad oscura fluyen a través de su trabajo. Hay cuentos políticos, como el escalofriante "Actos de caridad", metáfora de las instituciones religiosas adineradas: a través del tiempo, una sucesión de sacerdotes usan fondos destinados a los pobres para construir y mantener el llamado "monumento a la caridad" y sus lujosos jardines, priorizando la grandiosidad estética sobre las necesidades del rebaño. También hay historias sobre el proceso artístico: el tristemente elocuente "Cecil Taylor", por ejemplo, pone voz al persistente verismo del gran innovador del jazz, yuxtapuesto con la sublimidad de sus fracasos, mientras trata de comunicar un lenguaje que aún no ha sido escrito. Taylor, pianista hiperarmónico, inquieto de un modo que Aira entiende, buscó plegar el teclado más de nueve veces.

Una vez encontré a Aira en una conferencia de escritores en Dinamarca. Estaba tan entusiasmada ante su presencia que lo seguí como un San Bernardo, pero una vez que le di alcance todo lo que pude decir fue -canalizando mi Chris Farley interior- que pensaba que él era increíble. Luego le dije que "Un episodio en la vida de un pintor viajero" era una obra maestra. Él pareció sobresaltado, sino perplejo, e insistió en que no era más que una pequeña historia. La discusión, brutalmente pasiva, nos quedó corta, y entonces empezó a llover. Pero confíen en mí: "El pintor viajero" es una obra maestra ¿Qué sabe Aira? Es sólo un escritor.
Normalmente no leo cuentos. Me ponen triste, porque los personajes vienen y van muy rápido y quizás no los volvamos a ver. Pero los cuentos de Aira parecen fragmentos de un universo interconectado en continua expansión. Puebla el vacío con visiones multitudinarias, como pinturas indias de dioses vomitando dioses. Ejecuta la digresión con una lucidez muscular. Por momentos he tenido que acelerar y reducir la velocidad simultáneamente para poder seguirlo, pero una vez que hube alcanzado su ritmo, sus pensamientos me parecieron más una piedra haciendo patito a través de la página, expresando algo que estuve pensando en mi fuero interno pero fui incapaz de poner en palabras. En esto, encuentra su traductor perfecto en Chris Andrews, quien salto a salto logra imitar sin problemas las sensibilidades caleidoscópicas de Aira; un par simbiótico.
César Aira una vez confesó su cariño por el personaje de cómic Pequeña Lulu, lo que para mí tiene perfecto sentido. Ella era la Scheherazade de las páginas de historieta, hilando cuentos para sus pequeños amigos, sentados y absortos a sus pies ¡Ave César! Solo puedo maravillarme ante la cantidad de hilo que devana con la meta de contar cuentos que sean suyos propios, desde la fábula política a la elaboradamente intrincada broma filosófica.













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